«Boyhood», 12 años de una vida

Hace unos meses vi “Boyhood” (“Momentos de una vida”), el último film de Richard Linklater, director que ya me dejó enamorada después de ver su trilogía “Antes de amanecer…”.

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Tenía especial curiosidad por ver esta película, que es más que eso. Un original experimento social sobre la infancia y el paso a la adolescencia de su protagonista. Un niño que crece a la vez que su personaje, durante 12 años (de los 6 a los 18), el mismo tiempo que ha tardado su director en rodar esta conmovedora historia.

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No estoy de acuerdo con algunas críticas que dicen que el film es “demasiado largo”, (3 horas para contar 12 años de una vida, no es mucho y la historia está tan bien contada que no se hace pesada), o que sean «los mismos actores» los que lo protagonicen (porque eso hace que la historia sea más verídica, que los actores aporten a los personajes su propia evolución y conecten más con el espectador).

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Pero su éxito no reside ni en su “longitud” ni en su “peculiaridad”, ni en los «premios» que ha obtenido hasta ahora, sino en que es una historia contada con paciencia, porque a su creador le gusta tomarse tiempo en observar a sus personajes y dejarles que evolucionen como si él no estuviera detrás de la cámara. Y es que a veces las historias necesitan su tiempo y las sencillas, son más difíciles de contar. A veces, es necesaria una sutileza inusual, para hablar de las relaciones humanas, de lo difícil que es ser padre y ser hijo… A veces, lo emotivo, es saber contar como un pequeño gesto, un pequeño acontecimiento o una pequeña frase, puede marcar nuestra existencia y la de los que nos rodean.

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El resultado, una obra maestra muy bien interpretada y excepcionalmente dirigida, que nos enseña tanto sobre la vulnerabilidad de la infancia y la adolescencia… que no debemos perdérnosla. Una historia sobre padres e hijos universal, para los que somos padres y para los que no, porque todos hemos sido hijos y todos podemos influenciar con un simple gesto, en algún «momento de la vida» de los otros, aunque no sean nuestros hijos. Una película, en definitiva, para los que saben apreciar con sensibilidad la cotidianidad de la evolución humana, sin artificios.

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