Castillo de Hearst y Ciudadano Kane

Si conduces por la carretera de la costa californiana, a la altura de San Simeón, puedes ver un cartel que dice: “Castillo de Hearst”. Merece la pena visitar este peculiar “castillo americano” del magnate Randolph Hearst, que inspiró al protagonista de la película “Ciudadano Kane”.

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Cientos de autobuses suben cada día por la que llaman “La cuesta encantada” para enseñar a los turistas a modo de parque temático-artístico, “el sueño americano” de este magnate de la prensa: 240.000 acres de terreno (con zoo incluido) que te llevan a una mansión “inspirada en una iglesia española” con vistas espectaculares al mar y la montaña, rodeada de jardines de flores y frutales, fuentes, piscinas griegas y romanas, pistas de tenis, sala de cine, teatro, más de 100 habitaciones, oscuros comedores góticos, puertas con rejas de monasterios, salones atiborrados de pinturas y esculturas de todos los estilos…

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Un lugar perfecto desde donde dominar el mundo… y que el mundo te domine. Porque pese a tanta riqueza, ostentación y objetos de incalculable valor, tienes la sensación de que todo el dinero del mundo, no puede comprar la experiencia de pasear entre ruinas romanas, la espiritualidad de una iglesia gótica, o lo magia de un cuadro en el humilde caballete de su artista.

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Cuando sales de esta inmensa y oscura mansión, sientes lo mismo que cuando terminas de ver “Ciudadano Kane”: un profundo vacío. Volví a verla después de visitar el Castillo de Hearst y recordé su historia:

Érase una vez un hombre tan pobre, tan pobre, que sólo tenía dinero. Periodista, editor, publicista y magnate de la prensa amarilla. Fue dueño de multitud de periódicos, emisoras, sindicatos… Amasó una gran fortuna, viajó por Europa y compró palacios, conventos, cientos de obras de arte… Era tan excéntrico que si le gustaba un monasterio, hacía que se lo trajeran piedra a piedra y si se enamoraba de una actriz, le construía un teatro en su mansión. Con su sensacionalismo, alimentó sus negocios, la guerra de cuba y hasta se convirtió en político. Dicen que era xenófogo, pronazi,  defensor de la caza de brujas y que se vio envuelto en “asuntos turbios” que ocultó gracias a su poder. Construyó un castillo faraónico de tal envergadura, que nunca terminó. Desgraciadamente, murió solo y la última palabra que dijo antes de morir fue: “Rosebud”.

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Jamás una palabra ha generado tanta intriga y ha escondido el sentido de toda una existencia. Jamás una película ha sido tan recordada, criticada, debatida, amada y odiada… Considerada por muchos críticos como “la mejor película de la historia del cine”, no lo fue tanto por el público que la sigue tachando de “aburrida”. Tal vez porque la etiqueta le otorga unas expectativas difíciles de cumplir: rodada en blanco y negro, ritmo lento, los protagonistas no son especialmente guapos, ni adorables sino histriónicos, la fotografía es oscura, expresionista, casi surrealista y la historia del personaje no emociona porque es fría y triste, como su cruda realidad… No es una película de lágrima fácil y es exigente hasta el punto de luchar contra Morfeo, pero merece la pena, porque para mí es una “imperfecta obra de arte”.

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Nadie duda de su innovación y calidad técnica, estética y narrativa, de la mezcla de géneros, de ficción y realidad, de la presencia de su autor… Pero lo que la hace realmente única es que en aquella época, un jovencísimo Orson Welles de 24 años, tuvo la valentía de contar una historia cinematográfica inspirada en un personaje real. Dirigir y protagonizar su primer largo y que Hollywood le dejara total libertad creativa para hacerlo. Conseguir que la película se estrenara (a pesar de los intentos de sabotaje por parte de Hearst). Y cumplir su mayor objetivo, más allá del puro entretenimiento: un retrato fascinante del poder, una crítica del sistema capitalista y una reflexión sobre la soledad y el verdadero valor de las cosas.

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