“Marilyn Monroe”, la estrella del sueño americano

Pocas veces la vida de alguien resulta tan fascinante. Pero cuando una persona normal se transforma en estrella y brilla con luz propia, se convierte en admirado icono. Y cuando el icono permanece imborrable a través de los años en el imaginario colectivo, alcanza la categoría de mito.

En eso se convirtió Norma Jeane, el día que decidió cortarse el pelo y teñírselo de rubio, enfundarse en un ceñido vestido, pintarse los labios de rojo y calzarse unos tacones: en Marilyn Monroe. Carismática melena rubia. Envidiada por sus medidas perfectas. Admirada estrella de Hollywood. Deseada por sus besos de pasión. Codiciado objeto de deseo…

Muchas ansiaban ser como la diva, pero sólo ella poseía ese encanto especial. Quizá porque nunca terminó de ser una mujer fatal. Porque a menudo se mostraba generosa, vulnerable, bondadosa. Porque su evidente fragilidad, dejaba ver con demasiada frecuencia a la niña asustada que escondía en su interior. Esa niña de padre ausente y madre neurótica que fue dada en adopción, abusada y violada. Que se casó a los 16 años para escapar de un orfanato. Que intentó hacer el papel de chica de calendario, perfecta ama de casa o madre, pero no lo consiguió. Que quiso perseguir un sueño… el sueño americano diseñado para “hombres hechos a sí mismos”, que veían en ella poco más que una mujer florero o la amante ideal.

Pero ella también fue una mujer hecha a sí misma. Su trabajo como modelo no le gustaba a su primer marido y se divorció de él. A Joe DiMaggio, el segundo, tampoco le agradaba que “a la tentación que vivía arriba” se le levantara la falda y también acabaron mal. Se negó a participar en otra película de rubia tonta junto a Sinatra. Quería elegir sus películas y que le pagaran igual que a sus colegas, por lo que la Fox suspendió su contrato y ella comenzó una campaña contra el estudio. Se marchó a animar a las tropas estadounidenses con sus canciones y volvió convertida en la estrella femenina más popular del momento. Conoció a Arthur Miller y se casó con él. Probablemente fue el que mejor la conoció, porque buceó en sus sombras. Tomó clases de teatro, se matriculó en el Actors Studio y montó su propia productora de cine. Hizo películas de más calidad y ganó algunos premios. Influyó en la obra de Miller, que escribió “Vidas Rebeldes” pensando en ella y “Después de la caída”, una reflexión sobre lo que la carrera y catástrofe personal de la actriz significaron en la sociedad en la que vivió. En alguna ocasión dijo que Marilyn fue más allá de lo que la psique colectiva de los norteamericanos estaba dispuesta a tolerar en aquellos años. Y que nadie podrá explicar por qué el recuerdo de Marilyn sigue tan vivo en la memoria de EE.UU. y de todos.

Influyó no sólo en Miller, también en otros artistas como Andy Warhol, Richard Hamilton o Madonna, convirtiéndose en un referente en el mundo del arte y la moda. Y fue inmortalizada en lienzos, canciones y fotos, como las de la última sesión que le hizo seis semanas antes de morir el fotógrafo Bert Stern, en la suite 261 del hotel Bel-Air de L.A.

Dejó su huella en miles de personas. Algunas actrices o cantantes padecen el síndrome de Marilyn Monroe”. Debido a su baja autoestima, moldean su personalidad para gustar a todos y eclipsan con su encanto. Todo el mundo les quiere, pero nadie les conoce en profundidad y acaban convirtiéndose en marionetas o en juguetes rotos por la sociedad. Ella tuvo que rebajar su nivel intelectual para poder sobrevivir en un Hollywood machista y lleno de hombres. Nunca le dieron un Oscar. Ni siquiera por interpretar el papel más difícil de su vida: el que los demás querían que fuera. Se quedó dormida en su propio sueño, cantando “I wanna be loved” y agarrada a sus poemas, que pocos conocieron. En la ciudad de Los Ángeles permanecen su tumba y su estrella, que brilla en las sombras del sueño americano.

 

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