Tercer tramo Ruta 66: «Pat Slim Rider en Las Vegas»

“Casino” de Scorsese, interpretado por un gran de Niro cuando la mafia reinaba, cuenta como ya nada queda de aquel mundo, al haber entrado las grandes corporaciones al capital del negocio, y haberlo convertido en un nuevo Parque Temático. Y eso es lo que encontré: el antiguo sueño de la Mafia y el Rat Pack, pero con escenografía de Disney. El americano medio, que no sale de su país, tiene allí su Venecia, su París, su Vaticano, sin salir de casa, ni tener que lidiar con los idiomas.

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Dicho esto, me rendí al efecto “wow” de los grandes vestíbulos, las galerías, las calles y canales interiores (con sus gondoleros, claro), hasta caer en un profundo «Stendhal-kitsch» que me llevó a deambular como un zombi por el Strip según caía la tarde y comenzaba a refrescar.

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Cené sushi en el “Sushi Samba” del Palazzo. Fue un capricho, pero el sushi estaba perfecto y lo acompañé de una cerveza Asahi king size ¡Ea, que no se diga!.

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Con las energías renovadas, me encaminé a ver el espectáculo de las fuentes del Bellagio, el fondo con que se despiden los chicos de la banda de “Ocean” en la última versión de Soderbergh. El charquito es del tamaño del estanque del retiro, y el espectáculo, de apenas unos minutos, me puso lagrimillas en los ojos como un dibujo japonés.

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Para el cierre, había que jugar un poco, aunque no era eso lo que me traía a Las Vegas. Entre las novedades de la ciudad está una noria al estilo del London Eye, cerca de un nuevo casino, el LINQ.

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No me subí a la noria, pero decidí probar suerte en el casino. En menos de lo que duró el show de agua del Bellaggio vi desaparecer mi último dinero en efectivo por una ranurita de la mesa de juego, tragado por tres sucesivas malas rachas de Black Jack.

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Jugando unos miserables $30 era también difícil que una despampanante corista se fijara en mí, así que a eso de las dos di el día por terminado y me volví a mi hotel, dulce hotel. Mientras desayunaba entre tragaperras, dediqué un pensamiento a Nicholas Cage en “Leaving Las Vegas”, y entendí que posiblemente este era el mejor lugar (si un dolor profundo te pide aturdirte hasta disolverte en el vacío), algo así como un reverso de moneda de la iluminación espiritual que uno buscaría en Katmandú. Claro, que si ponemos la belleza y la ternura de la fulana Elisabeth Sue en la balanza, es posible que me dejase envolver por las sombras terrenales y ya abriría el tercer ojo en otra ocasión.

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La vuelta fue todo por autopista. Cocinándome en mi salsa según cabalgaba hacia el poniente californiano, en una mezcla de Don Quijote y Lucky Luke, llegué a Pasadena y cómodamente instalado en el sofá frente a la tele, me quedé dormido en un plácido sueño como el de un niño, o diría mejor el de un adulto que ha visto cumplido un deseo aventurero… (Y hasta aquí las aventuras de «Pat Slim Rider» en su camino por la Ruta 66 a Las Vegas).

Yo sigo buscando a Elvis, pero creo que dentro de poco lo encontraré, ya os contaré… mientras tanto ¡Buen fin de semana para todos y hasta el lunes!.

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